Mis pinturas nacen del diálogo con las personas.
Durante muchos años he trabajado como vidente, escuchando las historias de más de 40.000 personas. Las personas acuden a mí con preocupaciones profundamente personales y urgentes: el amor, la familia, el trabajo, la enfermedad y decisiones importantes de la vida. En estos encuentros emergen emociones inevitables de la existencia humana: ansiedad, esperanza, duda y determinación.
No intento explicar estas historias a través de la pintura.Simplemente las recibo.
A lo largo del tiempo, estos innumerables diálogos se han acumulado en mi cuerpo. Cuando pinto, no utilizo pinceles. En su lugar, toco directamente el lienzo con mis manos y mis dedos.
A través de este contacto físico, las emociones y tensiones que he absorbido de innumerables conversaciones emergen como movimientos y capas de color.
Lo que aparece en la superficie no es la representación de personas o narrativas específicas.Lo que permanece son huellas de encuentros: huellas de experiencias nacidas del diálogo con muchas personas.
Quienes me consultan permanecen en el anonimato.Por ello, mis obras no representan a ninguna persona en particular. Sin embargo, dentro de la superficie pictórica se superponen fragmentos de muchas vidas. Emociones como la ansiedad, la esperanza, la incertidumbre y la decisión se manifiestan en formas abstractas.
En este sentido, mi trabajo no es simplemente una expresión de emociones personales, sino la manifestación de experiencias surgidas de las relaciones humanas, que aparecen como un campo visual abstracto.
Mis pinturas nacen de la acumulación de innumerables diálogos. A través del cuerpo y del acto de tocar el lienzo, el diálogo toma forma como pintura.
Llamo a este enfoque:“Embodied Dialogue Painting (Pintura del diálogo encarnado)”.
Mi pintura intenta permanecer en un estado anterior a la finalización o a la armonía. En ella existen la ansiedad, la desesperación, el conflicto, la oscilación y una respiración que aún no se ha extinguido. No represento estos elementos como algo resuelto; más bien, deseo mantenerlos en la superficie como estados que continúan existiendo mientras son sostenidos.
En mi práctica reciente, la sensación de “incompletitud” se ha vuelto cada vez más importante. Sin embargo, esto no significa algo inacabado o abandonado a medio camino. Por el contrario, es una forma de asumir conscientemente la presión con la que la imagen tiende a cerrarse en una conclusión estable, y aun así no cerrarse completamente, no resolverse del todo, no equilibrarse por completo.
Lo que busco no es la presentación de un orden acabado. Colisiones de color, superposición de huellas, interrupciones del movimiento, desequilibrios de densidad y espacios que permanecen abiertos: estos elementos heterogéneos no se organizan en una única respuesta, sino que continúan coexistiendo dentro de la misma superficie. En ello veo algo cercano a la forma en que los seres humanos vivimos en la realidad. No resolvemos completamente nuestras heridas o fracturas antes de seguir adelante; más bien, avanzamos en el tiempo llevándolas con nosotros. Para mí, la pintura es un espacio para acoger estos estados no resueltos, no como negación, sino como afirmación.
En este sentido, la “incompletitud” no es simplemente una impresión en mi obra, sino que se está convirtiendo en una decisión estructural que permite que la pintura exista. Hasta dónde avanzar, dónde detenerse, qué dejar sin resolver, qué conflictos mantener y qué espacios preservar como respiración: a través de estas decisiones, exploro la posibilidad de una pintura que se constituye precisamente al no cerrarse.
En mi trabajo actual, estoy profundizando esta “afirmación de lo incompleto” como un tema en serie. Aunque cada obra difiere en color, estructura, temporalidad y densidad emocional, la pregunta permanece constante: ¿cómo puede una pintura surgir mientras sostiene aquello que no puede resolverse? Para mí, la afirmación no indica simplemente luminosidad o salvación. Se manifiesta como aquello que no colapsa por completo, como la persistencia de la respiración, como la presencia de aperturas incluso en el exceso, y como la aceptación de la existencia sin borrar sus heridas.
Mi pintura no pretende presentar un único mundo completo. Más bien, busca crear un espacio donde múltiples emociones, múltiples temporalidades y múltiples huellas coexisten sin cerrarse completamente. Esta incompletitud no es una carencia, sino una forma de permanecer abierta; y en ella encuentro la urgencia que la pintura aún puede tener hoy.
La pintura de Hiroko Saigusa parte de un origen distinto al de la abstracción convencional.
Dicho punto de partida reside en su prolongada experiencia de diálogo como practicante de la adivinación.
Habiendo atendido a más de 40.000 personas, su actividad la ha llevado a entrar en contacto con experiencias humanas concretas: el amor, la familia, el trabajo, la enfermedad y las decisiones de la vida.
Estos diálogos se han acumulado en el cuerpo de la artista y, con el tiempo, emergen en el acto de pintar como movimientos físicos.
Las obras de Saigusa no representan individuos específicos ni relatos definidos.
Sin embargo, en la superficie pictórica aparecen, en forma de huellas, emociones, tensiones y esperanzas recogidas a lo largo de años de diálogo, manifestándose a través del gesto y el fluir del color.
En este sentido, la pintura de Saigusa no constituye una expresión de la interioridad personal.
Más bien puede entenderse como la fijación, en un plano abstracto, de experiencias humanas surgidas del diálogo.
Las figuras humanas no están representadas, pero múltiples fragmentos de vidas se superponen en la superficie.
La obra de Hiroko Saigusa puede leerse así como un paisaje emocional de la sociedad, constituido por la acumulación de experiencias anónimas.