Mis pinturas nacen del diálogo con las personas.
Durante muchos años he trabajado como psíquica, escuchando las historias de más de 40.000 personas.
Las personas acuden a mí con problemas profundamente personales y urgentes: el amor, la familia, el trabajo, la enfermedad y las grandes decisiones de la vida. En estos encuentros emergen emociones inevitables del ser humano: la ansiedad, la esperanza, la duda y la determinación.
No intento explicar esas historias a través de la pintura.
Simplemente las recibo.
A lo largo del tiempo, estos diálogos se han acumulado en mi cuerpo.
Y cuando pinto, no utilizo pinceles. En su lugar, toco directamente el lienzo con mis manos y mis dedos.
A través de este contacto físico, las emociones y tensiones recogidas en innumerables diálogos emergen como movimientos y superposiciones de color.
Lo que aparece en el lienzo no es una figura ni una narrativa concreta.
Lo que permanece son huellas de encuentros huellas de experiencias nacidas del diálogo con muchas personas.
Las personas a las que escucho permanecen anónimas.
Por ello, mis obras no representan a nadie en particular.
Sin embargo, en la superficie se superponen fragmentos de muchas vidas: ansiedad, esperanza, duda y decisión — experiencias humanas que emergen en forma abstracta.
En este sentido, mi obra no es una expresión de emociones personales,
sino la manifestación de experiencias que surgen en las relaciones humanas, apareciendo como un campo pictórico abstracto.
Mis pinturas nacen de la acumulación de innumerables diálogos.
A través del cuerpo, y mediante el acto de tocar el lienzo, el diálogo toma forma como pintura.
Llamo a este enfoque:
«Pintura del diálogo encarnado» (Embodied Dialogue Painting).
La pintura de Hiroko Saigusa parte de un origen distinto al de la abstracción convencional.
Dicho punto de partida reside en su prolongada experiencia de diálogo como practicante de la adivinación.
Habiendo atendido a más de 40.000 personas, su actividad la ha llevado a entrar en contacto con experiencias humanas concretas: el amor, la familia, el trabajo, la enfermedad y las decisiones de la vida.
Estos diálogos se han acumulado en el cuerpo de la artista y, con el tiempo, emergen en el acto de pintar como movimientos físicos.
Las obras de Saigusa no representan individuos específicos ni relatos definidos.
Sin embargo, en la superficie pictórica aparecen, en forma de huellas, emociones, tensiones y esperanzas recogidas a lo largo de años de diálogo, manifestándose a través del gesto y el fluir del color.
En este sentido, la pintura de Saigusa no constituye una expresión de la interioridad personal.
Más bien puede entenderse como la fijación, en un plano abstracto, de experiencias humanas surgidas del diálogo.
Las figuras humanas no están representadas, pero múltiples fragmentos de vidas se superponen en la superficie.
La obra de Hiroko Saigusa puede leerse así como un paisaje emocional de la sociedad, constituido por la acumulación de experiencias anónimas.